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“Porque yo lo valgo”: Autoestima en la infancia

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Fecha de publicación: 28-09-2011

La autoestima es una capacidad que nos facilita la adaptación, la felicidad, la autonomía y el aprendizaje. Tener una idea realista de lo que es el niño y hacerle sentir querido y valioso, la favorece. Por ello, la actitud de los padres a la hora de educar, debiera ser la de favorecer el aprendizaje con un equilibrio entre aceptación y normas, en un ambiente de oportunidad, respeto y amor.

¿En qué consiste la autoestima?

La autoestima es saber cómo somos (con aspectos buenos y otros mejorables). Es la sensación gratificante de querernos y aceptarnos globalmente. No es narcisismo, sentimiento de superioridad, ni engreimiento, ya que la autoestima te hace ser amablemente consciente de las carencias y fortalezas propias y de los demás.

Una buena autoestima es importante ya que puede considerarse la clave para la formación personal, el aprendizaje, las relaciones satisfactorias, la autorrealización (desarrollo del propio potencial) y la felicidad de los individuos.

¿Cómo se llega a tener buena autoestima?

La autoestima resulta de la interrelación entre el temperamento del niño (genéticamente determinado) y el ambiente en el que éste vive.

Es importante la consideración y crítica recibida por parte de los adultos (padres, maestros). Cuánto más importante sea una persona para el niño, más valor tendrá su opinión y mayor será la influencia en cómo el niño se va viendo a sí mismo.

La autoestima se da cuando somos aceptados por lo que somos y nos aprecian por ello y cuando nos señalan lo mejorable con cariño y firmeza. No es fácil. Los padres tienen que socializar a sus hijos para hacerlos ciudadanos felices, autónomos y responsables. Eso conlleva mejorar o pulir algunas actitudes o comportamientos.

Sin embargo, hay aspectos que forman parte de la personalidad y son difícilmente cambiables. Son aquellos que nos hacen únicos y a los que tenemos derecho. Por lo tanto habrá que dirimir qué cosas son mejorables (zonas erróneas) y cuales no, haciéndolo desde el amor y el respeto.

Para algunos padres, ciertos valores (como ser bueno en matemáticas o jugar bien al fútbol), pueden ser muy importantes, pero pueden no formar parte de las habilidades de su hijo por mucho que lo intente. Es importante que los padres distingan qué valores hay que intentar cambiar y cuales deben aceptar, para querer a su hijo tal cual es. No hay que machacarlo exigiendo tener el niño “ideal” que no va a poder ser. Pero esto no significa que se acepte todo.

Para el desarrollo de una buena autoestima, son importantes los límites y la disciplina y tener mucha sabiduría (y paciencia) para manejarlo de forma adecuada. Disciplina no es sinónimo de humillación. Ésta junto a la vergüenza, miedo, culpabilidad, resentimiento, ira y perfeccionismo excesivo, son factores deformantes de la educación y no crean el clima adecuado para desarrollar el potencial del niño.

La autoestima viene dada por tener interiorizados sentimientos de confianza, de ser querido y de ser competente: la buena autoestima nos ayuda a superar la adversidad y a ser más felices.

Algunas sugerencias para padres que quieren hijos con un buen autoconcepto.

  1. Darle responsabilidad al niño, en un clima de aprendizaje. Darle la oportunidad de hacer tareas en un ambiente cálido, participativo e interactivo. Procurar incentivarle de forma positiva.

  2. Darle la oportunidad para tomar decisiones y resolver problemas. Mostrar confianza en sus capacidades y habilidades para hacerlo.

  3. Reforzar positivamente las conductas adecuadas. Ser efusivo, claro y concreto.

  4. Establecer una disciplina. Poner límites claros. Enseñarles a saber las consecuencias de su conducta. Ejemplo: “Si no haces tus deberes antes de la hora de la cena, sabes que no verás el partido de fútbol”. Y si no los hace en ese tiempo (que debería ser razonable), no ve el partido aunque sea la final (congruencia y consistencia).

  5. Enseñarles a resolver adecuadamente el conflicto. Aprender de los errores y faltas como algo positivo.

  6. Usar unas reglas básicas de lenguaje. Distinguir entre conducta e individuo: “Eres un desastre y un desordenado” frente a: “No me gusta ver tu cuarto tan desordenado, me pone furiosa”. (Es el desorden y no tú, lo que me disgusta). Intentar no utilizar un lenguaje peyorativo. Ser preciso en el uso de los términos. La comunicación debe favorecer el entendimiento y no la confusión y el insulto.

  7. Aceptar lo que forma parte de su particular forma de ser. Respetar su autonomía.

Es difícil enseñar autoestima cuando uno no la tiene. Por ello, los padres (y profesores), deberíamos trabajar para poder realmente transmitirla. Nunca es tarde para mejorar y crear un ambiente de crecimiento personal para todos los miembros de la familia. La autoestima está en juego y merece el esfuerzo.

Fecha de publicación: 28-09-2011
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