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Padres y pediatras
al cuidado de la infancia y la adolescencia

La edad de los límites

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Fecha de publicación: 31-05-2013

Educar es desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos. Y también es enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía. En definitiva, educar es enseñar a vivir.

Ejercer la libertad es saber respetarse y respetar.

Los aprendizajes sociales consisten en enseñar las normas sociales y transmitir los afectos que en todas las sociedades han surgido. Asi se hace la convivencia más agradable, más placentera. Y se propicia nuestro desarrollo como personas sociables. Es decir, personas que somos capaces de dar y recibir.

Nuestra capacidad de aprender depende de nuestro desarrollo cerebral. Cada vez se conoce mejor cómo los aprendizajes producen cambios neuronales que hacen interiorizar las rutinas, hábitos, costumbres y valores. En algunas edades es más fácil aprender que en otras, pero ello no quiere decir que no se pueda aprender a cualquier edad. En principio nunca es tarde para aprender.

La psicología evolutiva estudia los cambios cognitivos y conductuales en función del desarrollo cerebral y de los ambientes sociales donde el niño vive: la familia, la escuela, la sociedad y los llamados medios de comunicación de masas (los "media”).

Nacemos sin saber "nada” y a partir de ese momento estamos aprendiendo continuamente.

Necesidades humanas: la “pirámide de Maslow

Según Maslow, durante el primer año de vida el niño necesita cuidados básicos relacionados con la supervivencia y la afectividad (en esencia, cuidado del cuerpo y de la mente). Pero a lo largo de la primera infancia estos dos aspectos irán muy unidos y será difícil separar uno del otro. El primer año es una etapa en que debe primar el afecto, la entrega, la dedicación y los cuidados que fomentarán la vinculación y el apego del niño con sus cuidadores. El niño se sentirá querido incondicionalmente. Y desarrollará la confianza y seguridad necesaria para el futuro. Sobre esta experiencia primaria y básica del afecto se asentarán las demás. Cualquier aprendizaje posterior será más fácil si va seguido de esta percepción de confianza y seguridad.

Existe la idea muy extendida de que coger en brazos a un bebé de menos de un año le acostumbra mal. Sin embargo, lo que más le gusta a un bebé de pocos meses son los brazos de su madre o su cuidador: le calma, le tranquiliza y transmite seguridad y afecto. Otra cosa muy diferente son los niños mayores de un año, con los que ya hay que tener en cuenta otras circunstancias.

A partir del primer año se produce un cambio trascendental: la marcha. Descubre su autonomía motora. El niño empieza a andar, se mueve, explora, curiosea como si quisiera descubrir “el mundo”. Esto se acompaña del logro de decir las primeras palabras. De pedir cosas orientadas a satisfacer sus necesidades (hambre, sed, juego…), pero también sus caprichos, en ocasiones arriesgados, como puede ser jugar cerca de peligros.  

¿Qué son los límites?

Son las líneas más allá de las cuales se puede producir un daño físico, psíquico o social a la persona.

¿Qué son normas?

Son las reglas, formas o actitudes que se deben seguir para adaptarse al mundo y a la sociedad, y ayudan a relacionarse con el entorno y a entender y respetar la autoridad.

Tanto los límites como las normas marcan un camino que da la seguridad, contención y madurez emocional necesarios para equilibrar el principio de placer con el de realidad.

La ausencia de normas, así como la rigidez en ellas, puede ser perjudicial. Lo segundo no dejaría desarrollarse al niño y lo primero generaría un niño caprichoso, egoísta y tirano, cuya autoestima se basa en conseguir la satisfacción de sus caprichos.

Los límites enseñan a diferenciar lo que se debe hacer de lo que no se debe hacer; lo que está bien y lo que está mal, lo bueno y lo malo, etc. Los padres y educadores tenemos que tener bien clara la diferencia entre estos extremos: bueno-malo, bien-mal. Esta interiorización valdrá para toda la vida.

La aplicación de los límites y las normas genera pequeñas frustraciones. Estas son necesarias porque le enseñan a renunciar a sus deseos y aprender a encajar sus errores y fallos. Si un niño no aprende a tolerar las frustraciones, no sabrá nunca sobreponerse a ellas. Creerá que no sirve para nada y su autoestima estará afectada.

¿Cómo deben ser los límites y cómo se deben fijar?

La alimentación, la higiene y el sueño, son los primeros límites para un niño. Entenderá que alguien le cuida, que hay orden en la familia. Reconocerá el propio cuerpo y lo diferenciará del de su madre, aprenderá dónde empieza él y dónde empiezan los demás.

Algunas orientaciones nos serán muy útiles para fijar límites:

- Fomentar los hábitos de autonomía, empezando por dejar al niño comer solo, aunque se manche y tire cosas al suelo. Poco a poco irá aprendiendo la limpieza y los modales en la mesa.

- No impedir el desarrollo de su personalidad, por ejemplo permitirle escoger un juguete si no es perjudicial ni hay peligro para nadie. Evidentemente, no le dejaremos jugar solo en una calle de mucha circulación.

- Facilitar la expresión de nuestras emociones positivas, tanto por palabras como gestuales. Le enseñan el agrado que producen, y tendrá tendencia a repetir esos aprendizajes para seguir agradando.

- Las normas no pueden ser confusas ni imposibles de cumplir. Decir “tienes que portarte bien” es algo muy abstracto para un niño. Decir "tienes que lavarte los dientes", "tienes que cuidar la ropa", "tienes que dejar los zapatos colocados" o "tienes que recoger los juguetes" son mensajes claros.

- La coherencia y la firmeza son básicas. El horario de casa debe ser constante y adaptado a su edad. Nunca irregular.

- Los padres en muchas ocasiones discreparán en las normas, pero cuando se dirijan al niño el mensaje deberá ser consensuado y coherente.

- Cuando las normas no se cumplan, o los límites se sobrepasen, tiene que haber consecuencias, que no tienen que ser castigos. El gesto corporal y el lenguaje hacen entender que lo realizado no es del agrado de los padres, y esto ya es una consecuencia. Por ejemplo, si no colocó los juguetes el día anterior, no se saca uno nuevo hoy. El abuso de los castigos tradicionales o de la represión y malos tratos en los niños está demostrado que hace a éstos más susceptibles de sufrir depresión y ansiedad en la adolescencia y en edad adulta. Siempre hay que dejar bien claro que lo que desaprobamos es la conducta, y no al niño. Cambiar la expresión “ya no te quiero” por la otra, “no me gusta que tengas los juguetes por el suelo”.

¿Por qué a algunos padres les cuesta tanto poner límites a sus hijos?

Hay varios tipos de padres a los que les cuesta mucho poner normas a sus hijos. Unos lo harán por inseguridad, y porque desean ganarse de esa forma el afecto de sus hijos, sin saber que al final lo perderán. Otros, muy ocupados, quieren que el poco tiempo que les dedican sea placentero. Algunos no saben ni quieren enfrentarse a los deseos de sus hijos. Y finalmente, hay padres que en vez de ponerse de acuerdo entre ellos, desautorizan los límites que marca el otro cónyuge.

Para que las normas tengan éxito en la familia se requiere:

- Un buen ambiente familiar, cálido y afectivo.

- Convencimiento por parte de los padres de que lo que exigen es bueno.

- La coherencia con lo que se exige. Y la coherencia en su comportamiento habitual en casa.

- Hay que interpretar que son normales el reto y la provocación sobrepasando los límites, porque son pruebas de hasta dónde los padres están dispuestos a tolerar. Pero hay que mostrarse firmes, pues luego costará más retomar las normas.

Cuidar a un niño requiere sacrificio. Pero está lleno de recompensas cuando se aplican los límites y las normas con coherencia, firmeza y consecuencia. 

Fecha de publicación: 31-05-2013
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